PENA.

Dar pena. Tener pena. Sentir pena.

Cuando la pena te viene a visitar en la vida tiene la facultad de que logra que asumamos su papel, su rol, de que demos pena por que tenemos pena y sentimos pena. De ahí la expresión:»Qué pena me da.» Pues suele ser, además, muy empatica.

La pena viene para ralentizar nuestro ánimo y actividad. Nos desanima y logra que el ritmo de la vida decaiga. Nos emocionamos con algunas noticias o imágenes. Sentimos un inmenso pesar. Como un peso que te impide moverte con soltura, pensar con fluidez. Consigue, incluso, al cabo de un tiempo que no sepas ni por qué estás así. Y puede, en casos extremos, acabar con la vida.»Se  murió de pena.»

La pena no es final de una historia, es el principio de un renacer.

Es la invernación del oso que pasa los meses dormitando en invierno. Aletargados esperamos la primavera, la luz, la alegría de vivir.

Es la Esperanza y la Ley de la Impermanencia la actitud y el hecho revelador que nos permitirán despertar del letargo.

Mientras tanto con desapego a la pena observemos los pensamientos que surgen a su lado y aprendamos, y, cuando la lección haya sido aprendida soltemos amarras, un nuevo mundo nos espera por descubrir pues aún queda mucho cielo que contemplar y mucha mar que surcar. Y, entonces,  la pena habrá mantenido a salvo la riqueza interior que ahora con fuerza resurge para conquistar nuevos mundos.

Más si de la pena te haces prisionero mal carcelero has escogido. La pena es tu aliada si la gestionas con inteligencia emocional.

Siempre adelante.

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